P. Erwin
Harnisch Lagos, ss.cc.
¿Qué se entiende por Corazón? No se trata aquí de referirnos al
órgano desde el punto de vista biológico. Nuestra mirada del corazón es una
mirada desde la fe, la cual apunta más
bien a su simbolismo y sentido.
El corazón es el centro de la persona humana, es lugar de la
interioridad, de la intimidad, es la sede de nuestros sentimientos.
Algunos textos bíblicos, tanto del Antiguo Testamento, como del
Nuevo Testamento nos pueden ayudar a mejor comprender el simbolismo del
corazón.
“No abrigues en tu corazón odio contra tu hermano” (Lv 19, 17). En el contexto de la Ley acerca de la
santidad, el Levítico quiere exponer desde la perspectiva de la santidad
divina, el camino de los mandamientos. El corazón aparece aquí como un espacio
que podría abrigar el sentimiento de odio hacia el otro, que es tu hermano, tu
prójimo. Si está metido el odio en el corazón, se hace necesario iniciar un
proceso de purificación profunda, desterrándolo y dejando abierto el corazón
para acoger al otro, para amarlo.
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con
todas tus fuerzas” (Dt 6, 5). En
correlación con el texto anteriormente citado, el punto de partida está en el
Amor a Dios con todo el corazón, en respuesta al amor que Él manifestó primero.
Ese amor tiene que inundar la totalidad de nuestro corazón, en consecuencia, el
amar al prójimo, será una expresión clara de ese amor al Señor.
“Pondrá la marca de la alianza en el corazón de ustedes y en el de
sus descendientes” (Dt 30, 6). No sólo entender la alianza con Dios de una
manera externa, ritual, superficial, se trata más bien de tener una actitud
interior de fidelidad al Señor, esa actitud que nace del corazón. En esta misma
línea el Profeta Jeremías habla de poner
la ley del Señor en el corazón, como señal de renovación de la alianza
con Dios. Una ley que ya no estará escrita en tablas de piedra, sino en los
corazones de los israelitas (Cf. Jer 31,
33).
Los sapienciales nos hacen ver otros aspectos de la realidad humana
del corazón. “El corazón conoce sus propias amarguras, y no comparte sus
alegrías con ningún extraño” (Pr 14, 10). Quizás este proverbio quiere acentuar
aquella experiencia tan sentida de la pena, la amargura (pensemos en la muerte de un ser querido u
otras experiencias similares) que solo el corazón de cada uno conoce y puede
dimensionar, lo mismo que las alegrías profundas que serán compartidas con los
más cercanos, con los verdaderos amigos. Las penas y las alegrías van de la
mano en nuestro caminar de la vida, la dinamizan, le dan sabor y se viven muy
desde el corazón. También es el corazón el que se inflama de amor cuando
alguien se enamora de otra persona. Es la experiencia maravillosa del amor
humano, del afecto profundo entre dos personas, reflejo de alguna manera del
inmenso e infinito amor de Dios. “Me robaste el corazón, hermanita, novia mía;
me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con uno de los hilos de tu
collar” (Cnt 4, 9).
En las Bienaventuranzas, Jesús dice: “Dichosos los de corazón
limpio, porque verán a Dios” (Mt 5, 8). Alguien que ya tiene un corazón que
está pronto para el definitivo encuentro con Dios. Un discípulo que hizo un trabajo de purificación
de su corazón en vistas a estar con Dios, poder contemplarlo, poder verlo “cara
a cara”.
Con respecto al peligro que revisten las riquezas: “Pues donde está
tu tesoro, allí estará tu corazón.” (Mt 6, 21). Toda idolatría, especialmente
la idolatría de las riquezas, toman fuertemente a la persona, la agarran desde
dentro de su ser, su corazón queda contaminado, prendado, esclavizado de lo que
aparentemente genera felicidad. Más adelante, en este discurso del Monte, Jesús
concluye con una frase lapidaria: “No pueden estar al servicio de Dios y del
dinero” (Mt 6, 24). Es necesaria una opción radical, desde el corazón, por
Dios. Los discípulos de ayer y de hoy deben estar con todo el corazón centrados
en el Reino de Dios, ese es el verdadero tesoro.
Jesús se enfrenta a la concepción que los fariseos tenían respecto
de la pureza. Ellos estaban más bien preocupados por lo externo, por lo
superficial. Jesús quiere romper con esa manera de ver la religión. Jesús va a
lo que realmente tiene relevancia: “Porque del corazón salen las malas
intenciones… Esto es lo que hace impuro al hombre y no el comer sin lavarse las
manos” (Mt 15, 19-20). Es decir, Jesús va a la raíz de lo que hace a alguien
puro o impuro, aquello que sale de su corazón y se expresa en sus acciones. Es
el corazón el que hay que purificar.
Jesús invita a acoger la Palabra con actitud de apertura, de buena
disposición. En la explicación que presenta el Evangelio de San Lucas de la
Parábola del Sembrador, Jesús destaca: “Lo que cae en tierra fértil son los que
escuchan la palabra con un corazón bien dispuesto” (Lc 8, 15). Jesús invita también, en la línea de los
textos del Antiguo Testamento, a amar a Dios “con todo tu corazón”, y “al
prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39). Además, Jesús quiere que sus seguidores perdonen a sus hermanos, perdonar
de corazón (Cf Mt 18, 35).
El Resucitado en el camino de Emaús impactó con su fuerza y con su
luz a los discípulos que caminaban con
Él. “¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el
camino y nos explicaba la Escritura?” (Lc 24, 32). El Señor Resucitado,
victorioso, triunfante es el mismo a quien crucificaron colgándolo de un
madero. En la cruz Jesús, el Siervo Sufriente, entregó su vida por amor al género
humano. Cuando el soldado romano, dice el evangelio: “le abrió el costado con
una lanza. Enseguida brotó sangre y agua” (Jn 19, 34). Su corazón es fuente de
vida, principio de vida nueva.
La Devoción al Sagrado Corazón propiamente tal, surge en Francia en
el siglo XVII. Sus principales exponentes son: San Juan Eudes y Santa Margarita
María Alacoque. Sin entrar en los detalles históricos y en las experiencias de
ambos Santos de la Iglesia, podemos decir que el Corazón de Cristo, este mundo
interior del Señor, expresa: la bondad de Dios, el Amor de Dios por los
pecadores, su Misericordia. Esta
corriente espiritual inundó la Iglesia y la sociedad en Francia y luego en el
mundo entero. Esta “devoción” que puede aparecer como algo añejo y ajeno a
nuestra cultura actual, puede tener una tremenda vigencia, si la entendemos
como una manera, o estilo de seguir a Jesucristo en nuestros días. Lo primero
es: cultivar una relación muy profunda con Jesús, conocerlo, amarlo y seguirlo.
Es el punto de partida, es lo fundamental, sin esta relación de amistad con el
Señor, no podemos hacer nada (cf Jn 15, 5). Esta relación de amistad personal
con Él, no se puede entender de manera individualista, es el mismo Jesús que
nos empuja a vivir el discipulado en Comunidad. “En eso conocerán todos que son
mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros” (Jn 13, 35). Desde este fuego abrasador de la centralidad
de Jesús en nuestras vidas, somos enviados por Él mismo a testimoniar el evangelio
y saber transformar el mundo.
Testimoniar que el verdadero culto a Dios, está anclado en la vida,
en la realidad de cada día. No un culto externo, frío, sin la presencia del
Amor. Un culto que parte de la vida, para darle sentido y para hacerla una vida
más plena, más acorde a los designios divinos. Aprender a obrar bien, buscar el
derecho, socorrer al oprimido, defender al huérfano, proteger a la viuda (Cf Is
1, 17). Incienso, ofrendas, solemnidades, fiestas, devociones, tienen una
verdadera belleza cuando se ha buscado y se sigue buscando hacer el bien y la
justicia a los más pobres y excluidos de la sociedad.
Testimoniar con nuestras actitudes personales y comunitarias, que
estamos ligados al Corazón de Jesús. “Tengan los mismos sentimientos de Cristo
Jesús” (Flp 2, 5). Cordialidad en el trato. Sabernos tratar con amabilidad.
Acogida, especialmente con quien llega por primera vez a la comunidad. Apertura
a las nuevas ideas. Buscar el acuerdo, la conciliación a través de un diálogo
respetuoso. Saber escuchar. Saber ponerse en el lugar del otro. Más tolerancia
y paciencia. Más misericordia que
juicio. Mirar más el corazón del pecador que apegarse farisaicamente al
cumplimiento de la ley. No buscar los puestos de honor, más bien ponerse en el
último lugar. Servir, siempre servir, sin buscar ser aplaudidos o reconocidos.
Entretejer la unidad, la fraternidad, esto que nos cuesta tanto, pues, también
nos toma el “mal espíritu” sectario. Perdonar setenta veces siete. Ponerse a
los pies del Maestro. Vivir la perfecta alegría. Valientes en obedecer a Dios
antes que a los hombres. Sanar, liberar, curar a los heridos en el camino.
Humildes en toda circunstancia. “Un mismo amor, un mismo espíritu, un único
sentir” (Flp 2, 2).
Testimoniar una Iglesia que se reconoce frágil, necesitada de una
conversión del corazón. “¡Conviértanse y vivirán!” (Ez 18, 32). Al Corazón de
Jesús le duele el dolor de las víctimas de los abusos cometidos por algunos de
sus “ministros”. Abusos que son consecuencia de la conjugación de las
idolatrías del poder, del dinero y de la búsqueda desenfrenada del placer,
descentrando a las personas del único Dios vivo y verdadero revelado en Jesús.
De alguna manera, el dolor, la humillación de las personas abusadas es el
dolor, la humillación de Cristo. Esta realidad que ha quedado o está quedando
al descubierto, tendría que provocar un serio proceso de conversión, haciendo
eco de las palabras del profeta. Una conversión y cambios profundos, no un mero
barniz u algo simplemente superficial como para tranquilizar las conciencias.
Cuando se comete un acto de sacrilegio, rápidamente se hace un acto de
desagravio, lo cual es necesario y correcto hacerlo. Esto de los abusos tiene que ver bastante con sacrilegio, las
personas abusadas son también “sagradas”,
tienen la dignidad primera de ser hijos de Dios, por tanto, todo lo que
ayude a una especie de “reparación” es dar culto
verdadero al Señor. Pedir perdón. Buscar la justicia. Acompañar los procesos de
superación del daño. “Quitaré… el corazón de piedra y les daré un corazón de
carne” (Ez 36, 26).
La invitación de parte del Señor es a mejorar la calidad de nuestro
testimonio de discípulos y discípulas en el contexto histórico que nos
encontramos. Hacer más visible el Reinado de Dios inaugurado por Él. Renovar,
desde lo más hondo del corazón, nuestro compromiso de seguirlo todos los días
de nuestra vida. En este sentido, quiero terminar esta reflexión, citando unas
hermosas palabras de una oración del Padre Esteban ss.cc.
“Sigo a un tal Jesús de Nazaret que no ha
escrito libros ni ha mandado ejércitos.
Todo lo que Él ha dicho es mi
palabra y mi alimento.
Todo lo que Él ha hecho es lo que
más quiero.
Y su camino es mi camino.
Y su Padre es mi Padre; y su causa
es la mía.
Mi Madre, por Él, se llama también
María.
De Él voy aprendiendo paso a paso la
lección “Mansedumbre”, la tarea “Libertad”.
Su ejemplo es
la “Justicia” transida de humildad.”
Fuente: Revista Nuestra Iglesia.
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