El
diálogo de lo que no se dice…
Una
escena común en nuestra sociedad: un hombre llega a casa y ve a su mujer algo extraña y le pregunta ¿Qué te
ocurre? Ella responde: ¡Nada! Él se conforma con esta respuesta y se va, le
basta decir a su hijo: ¡Tu mamá anda rara! Y el esposo se va. Muchas veces
ocurre, ambivalentemente este hecho en particular, donde no se ha hecho un
lenguaje de lo no verbal, es decir, el tono de la respuesta de la mujer, la
mirada, el tipo de ropa que utiliza, etc., en realidad no es que “no le ocurra
nada”, al contrario, con su indisposición, le manifiesta su sentir a su esposo,
pero él no ha podido detectar estos indicadores.
Hay elementos que nos impiden escuchar a los demás,
como lo es la “falta de disponibilidad
hacia el otro”, debido a la falta de tiempo, el activismo que no deja lugar
a la perceptividad y una mala concepción de la escucha, que no es solo,
dejarlos hablar para que “nos escuchen”, sino que escuchar es dejarse
confrontar por la diferencia, así lo manifestó de buen grado K.Rogers en las
terapias de relación de ayuda; en la línea “no direccional”, ya que los
enfermos “son personas” en el sentido más pleno de la palabra, no hay que
pensar que el enfermo no sabe lo que tiene que hacer, ni menos aún creer que el
paciente debe, obligadamente escucharnos por que nosotros si sabemos y él o
ella no sabe ni donde se encuentra. Otro Elemento es “no poner una buena distancia con el enfermo en la relación de ayuda”, no
podemos ayudar si perdemos objetividad, es decir, debemos saber y asumir
nuestros propios límites como ayudadores. Un libro que nos puede dar luces al
respecto es “El sanador herido de Henry Nowen”.
Es
esencial poder “ensanchar nuestro dial de escucha”. En esta línea, S. Freud
refiere sobre la “atención flotante”, donde no nos quedamos observando solo los
hechos casuísticos, sino que, contemplamos la escena completa, respecto al
hecho de que también, quienes trabajamos con enfermos, nos sentimos afectados
con sus dolencias tanto físicas,
espirituales o psíquicas en mayor o menor grado, “No somos superhéroes”. Así
podemos vencer la gran tentación de escuchar lo que solo queremos oír del
enfermo.
La escucha
es un “arte” es “Dignificar al otro”, el que sufre encuentra en el que
escucha “un sitio de
descanso”, es manifestación de respeto y de amor, a ejemplo de Jesús que
escuchaba a los que a él acudían buscando paz.
Dentro
de las destrezas y actitudes para la relación de ayuda con el enfermo, la
“aceptación incondicional” o dicho de otro modo, el no querer imponer
coactivamente nuestro punto de vista respecto al padecer del enfermo es un
pilar esencial para poder ayudar de manera real y no solo “ir a predicarles a
los enfermos”; ellos, muchas veces, lo que más necesitan es que les escuchemos,
no buscando darles esas “respuestas hechas o frases cliché” que finalmente, no
ayudan al enfermo, sino que tranquilizan nuestra conciencia, pero poco o nada
le ayudan al que sufre. También el “modo” en el trato es irreemplazable, las
técnicas de desarrollo de respuesta empática, no para que nos sientan como un
payaso, sino, desde la línea terapéutica, particularmente, la logoterapia, que
encuentra en Víctor Frankl a su gran expositor, nos da criterios para no
“caricaturizar” la empatia como simpatía o bien, ocultar nuestra falta de
entrenamiento en nuestras propias habilidades blandas, específicamente, nuestro
desarrollo de la afectividad, no como debilidad, sino como nuestra gran
riqueza.
Paz
y bien en el Señor a ustedes y familia…
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